Espadaña ermita de Santa Cecilia en Solórzano

Ermita de Santa Cecilia en Solórzano

Llego a la ermita de Santa Cecilia, uno de esos rincones olvidados que ya casi nadie visita y que, mucho menos, es capaz de situar en un mapa, porque el tiempo ha barrido, casi por completo, su recuerdo de la memoria de las gentes. Estoy en Solórzano, en el barrio de Santecilla

Y aunque ni mi visita, ni mis fotos, ni esta humilde publicación será capaz de rescatarlo, al menos lo siento como un pequeño homenaje a lo que un día fue, lo que representó. Como el abrazo que se le da a ese amigo querido que hace tiempo que no ves y que, sabes perfectamente, que no volverás a ver en mucho tiempo.

Santa Cecilia merece una visita por todo esto y por algunas otras cosas.

En primer lugar, porque está en un rincón precioso, con un camino ideal para dar un corto y agradable paseo. La segunda porque, aunque es una pura ruina, guarda un indudable encanto, un halo de romántico misterio, que bien podría convertirla en el escenario en el que se desarrollara una leyenda becqueriana. Pero además, porque si estás leyendo esto, es que te gustan los rincones inusuales… y este lo es.

Santa Cecilia se erigió allá por el siglo XIII, cuando el románico daba sus últimos coletazos y los nuevos rumbos apuntaban hacía el gótico. Es un templo de transición entre ambos estilos, una ermita mestiza, que se quedó a mitad de camino entre uno y otro. Un ejemplo muy interesante de la evolución de la arquitectura. Pero tampoco esperéis encontrar un templo que os deje con la boca abierta. Es humilde y estoico, casi espartano.

Cubierto de maleza, casi inaccesible, cuenta en su interior y sobre uno de sus muros, con dos nuevos y vigorosos elementos arquitectónicos; dos árboles que han fundido sus raíces con las piedras, con el mortero y la cal, dotando de vida a un conjunto, que lleva muchos años coqueteando con la muerte. Otra hibridación que se suma a su mezcla de estilos.

Lo primero que me llama la atención es una curiosa benditera, perforada en el lateral de la entrada. El interior de la ermita está invadido de hierbas, yedra y de los comentados árboles, que crecen vigorosos, gracias a que carece de techado y la luz y la lluvia les baña, al igual que al resto de la ermita, a raudales. Algunas piedras labradas sobreviven entre la maleza y un bonito capitel labrado me observa, resignado, desde un lateral, en el encuentro entre la nave y el ábside. En el otro lado seguramente habrá otro, pero la yedra lo enmascara.

Poco más se puede encontrar. Seguramente, cuando el culto se desplazó a la nueva iglesia de San Pedro, junto a los parroquianos, se trasladaron también las imágenes, los muebles y el resto de los enseres que había en la ermita. Puede que también motivos decorativos o una pila bautismal, aunque sobre todo eso reconozco que hago disquisiciones, porque no tengo nada ni nadie que me lo haya contado. Puede que también el pillaje haya hecho algún que otro estrago en la ruina.

Como todos estos lugares abandonados, cuenta con una leyenda de un tesoro.

De lo que si puedo dar fe, es de que existe una antigua leyenda, que da algo más de empaque a la misteriosa ermita. Cuentan que dentro del templo se guardaba una campana de oro. Cuando los parroquianos abandonaron la ermita, cavaron un hoyo junto al ábside, bajo la guarda de unos canecillos, y enterraron la campana. No acierto a entender muy bien con que cometido, puede que sencillamente para iniciar y alimentar una leyenda… o puede que para esconder que el oro ya no existía, y que la campana realmente era de plomo dorado. El caso es que nos viene al pelo, porque así añadimos un motivo a la visita. Eso si, si os veo por las cercanías provistos de un detector de metales y una pala, nos vamos a echar unas risas.

Que lo disfrutéis. Que sepáis percibir la grandiosidad en lo pequeño.

Solórzano, Cantabria, España

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