Durante una de mis frecuentes salidas en moto con amigos, acabamos rematando la mañana con una comida en Los Tojos. Después de meternos unas buenas alubias entre pecho y espalda, fuimos a dar un paseo por el pueblo y los alrededores para intentar hacer mejor la digestión.

A la salida del pueblo, en la carretera que lleva hacía Colsa, nos paramos frente a una recia casa blasonada, que tiene un gran escudo completamente destrozado por las pedradas que antaño le atizaban los mozos del pueblo (Y que conste que no quiero mancillar el honor de los mozos, solamente transcribo lo que diferentes personas del pueblo me contaron) Mientras contemplaba la casona, salió un paisano de su interior. Lo abordé para preguntarle por los detalles del escudo. Fermín, que así se llamaba mi interlocutor, me contó algunas cosas muy interesantes relativas a la casona, que ya os contaré en otra entrada, y otras no menos jugosas de su vida, que son las que me animaron a escribir este artículo. Porque Fermín, en su juventud, fue uno de los últimos “chicucos”.

Pero para seguir, nos vamos a desplazar a unos cientos de kilómetros de Los Tojos. Si damos por ciertas las indicaciones que nos ofrece GoogleMaps, y sin contar los desvíos que hagamos para ver algún lugar interesante o comprar algún que otro producto típico de las zonas por las que pasemos, estaríamos rondando los 1.000 km. Esos 1.000 km. son la distancia que nos separa de Cádiz, el lugar que vio nacer y crecer el fenómeno de los chicucos.

Y es que aunque los montañeses tuvieron arte y parte comercial en casi todas las provincias andaluzas, es en Cádiz donde más se notó su presencia. Y es en Cádiz donde mejor se sigue manteniendo la memoria de los negocios que iniciaron esos paisanos, que partieron de nuestra tierra para hacer las “andalucías”, en lugar de las “américas”; los chicucos.

Por “chicuco” se conocía en Cádiz a los mozos de recados, o chicos para todo, que trabajaban en los numerosos establecimientos regentados por montañeses. Eran muchachos muy jóvenes, que habían venido desde Cantabria para ayudar en los negocios de sus familiares. Normalmente dormían en el mismo establecimiento, detrás del mostrador, en miserables jergones, y sus jornadas laborales se desarrollaban de sol a sol.

Fermín fue uno de los últimos “chicucos”. Me contó que partió de niño, con apenas 10 años de edad, para trabajar en el colmado de un familiar que ya estaba asentado en la capital gaditana. Para que os hagáis una idea del fenómeno de las tiendas regentadas por los cántabros, en 1917 Cádiz contaba con nada más y nada menos que 330 establecimientos en manos de montañeses, lo que suponía aproximadamente el 90% del comercio gaditano. De hecho, a este tipo de tiendas de ultramarinos, se les llamaba “tiendas de montañés”. No solo en Cádiz, sino en toda Andalucía y en parte de España. En todos aquellos lugares a los que arribaron los industriosos emigrantes montañeses.

Fermín trabajaba a destajo en el negocio familiar, en un régimen que ahora podríamos catalogar de semi esclavitud. Pero eran tiempos en los que en nuestra tierra se pasaba mucha hambre, y en los que se trabajaba a cambio de la comida y el alojamiento. Hay quien los ha comparado con el moderno fenómeno de los bazares chinos, con los que comparten bastantes similitudes.

 Me contó que durante el primer año de su estancia, prácticamente no pisó la ciudad. Que sus recuerdos de Cádiz son muy imprecisos, ya que su día a día se limitaba a trabajar en el almacén de la tienda, comer, y dormir tras el mostrador, sobre un raquítico colchón de paja. A los pocos años no aguantó más, y decidió dejar Cádiz y volver al norte. Le habían dicho que en el País Vasco había trabajo, y que muchos vecinos de la zona se habían marchado para emplearse en las fábricas, talleres y altos hornos de Vizcaya y Guipúzcoa. Acabó en Éibar, dejando atrás su dura vida de “chicuco”, se jubiló y volvió a Los Tojos, a disfrutar de su buen merecido descanso. Curiosamente, me decía que la peña futbolística más numerosa del pueblo era la del Éibar,  por delante de los seguidores del Real Madrid y del Barcelona, ya que muchas personas como él, habían acabado trabajando en la ciudad armera. Pero eso ya es otra historia.

Los que se quedaron en Cádiz y en muchos de los pueblos de la provincia, dejaron un legado de comercios con nombres ligados a nuestra tierra, y muchos descendientes que aún, de una u otra manera, siguen recordando sus orígenes, y enorgulleciéndose de ser descendientes de esos “chicucos”, que son una parte muy importante de nuestra historia.

Para que nos hagamos una idea rápida y precisa de como eran esas “tiendas de montañés”, tenemos que rememorar los bares-tienda que hasta hace muy poco había en la mayoría de pueblos de Cantabria. La mayor parte de ellos han desaparecido, o se han transformado en bares de esos con encanto o restaurantes, con una oferta más acorde con los tiempos que corren. Lo mismo ha ocurrido en Cádiz, donde por ejemplo, podemos visitar “Casa Manteca”, uno de los locales más célebres de la ciudad, fundado por un jándalo originario de Selaya. Las “tiendas de montañés” tenían recios mostradores de madera, un montón de estanterías en las que se mostraba el género, y un espacio aparte que hacía de bar, que medio ocultaba a los parroquianos de las compradoras. No sabemos si para salvaguardar a algunas de tanto pecado a la vista, o para librar a otros de que les sorprendieran infragantis con el vaso en la mano y la botella medio terciada.

Los chicucos como Fermín, llegaban de Cantabria a una edad muy temprana. Los enviaban, no tanto para quitarse una boca que alimentar de encima, como para que se buscaran un futuro más prometedor que el que les esperaba en nuestra tierra. Eran acogidos por algún familiar, que les mantenía y enseñaba el oficio. Como ha ocurrido siempre con la emigración, la gente se movía por el “efecto llamada”.

Comenzaban haciendo los trabajos más humildes; recados, limpieza del local, y todo aquello que normalmente hace un mozo de almacén. Si eran espabilados y trabajadores, subían en el escalafón, heredando muchas veces el negocio de sus familiares, o independizándose y abriendo su propio establecimiento. Los últimos, como Fermín, llegaron en los años 50 del pasado siglo. Muchos de ellos aún viven, aunque ya peinan canas venerables, y en muchos casos se les sigue denominando cariñosamente, “chicucos”.

Pero la actividad comercial de nuestros industriosos paisanos no sé circunscribió a las tiendas y comercios. Abarcaron muchos y muy variados sectores, entre los que destacan las bodegas, además del comercio de ultramar, los transportes, los seguros… etc. Actualmente muchos de esos negocios están en manos de descendientes de montañeses, cuyos apellidos los “delatan”, y consiguen que en Cádiz los cántabros nos sintamos casi como en casa.

Para terminar, añadiré que yo mismo he trabajado en Cádiz durante unos años, y me emocionaba cada vez que en Cádiz, en Jerez de la Frontera, en Chiclana, o en el Puerto de Santa María, me encontraba con un antiguo establecimiento de montañés, o daba con un local reformado, que había perdido el aspecto primitivo, pero que conservaba un nombre derivado de nuestra tierra.

Fermín, ha sido un orgullo, un placer, y una lección de vida el conocerte.

2 comentarios

  1. Buenas tardes, Me enorgullece que la historia de Cantabria en Cadiz se haga publica. Hay un libro titulado ” Cadiz , cuna de Cantabros Ilustres ” que resalta el esfuerzo, trabajo y honestidad de miles cántabros que se vieron forzados a emigrar con la lagrima en sus ojos, pero es hoy que aun CANTABRIA no ha rendido homenaje a esos Niños que Nunca se olvidaron de su Tierruca. Un Cantabro – Gaditano que se enteró de esta historia porque se la contaron esos niños, pero que su Cantabria no les ha dado aun las Gracias.

    1. Author

      Pues no te sé decir si se les ha homenajeado alguna vez… supongo que algo habrá habido, en la historia de Cantabria se les tiene muy en cuenta, se les respeta, e incluso se les admira. Creo que todo el mundo aquí sabe quien son. Ahora, de homenajes no te puedo decir mucho. Un cordial saludo.

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